martes, 20 de diciembre de 2011
Empiezo a oír el silencio.
Entro en su cuarto. Todo está poco iluminado, pero distingo su cuerpo metido en la cama. Arrastrando mi mano por la cama, llego a palpar su frente, ardiendo, sudorosa. Mis ojos se acostumbraban a esa penumbra y ya podía ver su rostro, dormido, pero tenso. Distinguía las gotas de sudor que caían de su frente hasta la almohada. De repente, se da la vuelta, y después de esa viene otra. Se le oía gritar tímidamente. Al parecer esa gran dosis de calmantes que le han administrado no es suficiente como para calmar su dolor. Vuelve a darse la vuelta, esta vez su rostro me apuntaba a mí. Notaba las arrugas de la cara, y los ruidos sordos que emitía su cuerpo. Cómo se encogía teniendo la esperanza de que así terminaría aquella pesadilla. En un instante, todo se quedó en silencio, solo se oía su pronunciada y cansada respiración. Inesperadamente comienza a toser. Se despierta, y se levanta de golpe. La tos no le dejaba respirar. Me quedo paralizada, mirándole. Él ni siquiera se había percatado de que estaba allí, a su lado; él solamente estaba tosiendo. De repente aparta su mano de la boca; estaba llena de sangre. Repentinamente deja de toser. Su cuerpo se dejó caer sobre la cama bruscamente. Me acercó rápidamente, pronuncio su nombre. Levanto su cara, y la golpeo fuerte. La dejo caer sobre la almohada. Se dejó vencer por el cáncer. Palpo su frente, el sudor se había vuelto frío. Ya no le caían gotas. Solamente estaba mojado, muerto.
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